El Whiskey
Libro de Expertos
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Mucha gente usa bebidas alcohólicas para relajarse o bien para estabilizar su presión arterial, en su caso fue para despojarlo de todos los problemas que traía en la mente. Llevábamos dos semanas conversando en la computadora y el día anterior me invitó a tomar una café para conocernos en persona, vernos a los ojos y saber si la química detrás del teclado era igual frente a frente. Desde que lo vi subir las escaleras de la cafetería supe que iba a haber algo más que química; era muy atractivo, pero sobre todo cachondo, simpático y sumamente velludo. Platicamos más de tres horas, y nos reímos otro tanto; a la salida me trajo hasta mi casa y por fin pude besar esos labios tan carnosos y antojables que durante la tarde no dejaron de acaparar mi atención. Eran suaves, ricos, besables, y se movían de una manera que empezó a excitarme con sólo rozar mi boca. Quedamos en vernos al día siguiente, siempre y cuando sus ocupaciones se lo permitieran. Cerca de las cuatro de la tarde por fin llamó, ya estaba fuera de la oficina y conducía por el segundo piso para llegar hasta mi casa. Su voz se escuchaba tensa, cansada, por eso acepté que subiera cuando llegó; no tenía corazón para decirle que fuéramos a otro lugar, sabía que necesitaba relajarse y qué mejor que un buen whiskey y un jazz para conseguirlo. Nos sentamos en el sillón más amplio de la sala y empezó a platicarme su día, pleitos, transacciones, problemas que debía resolver aunque no le competía hacerlo, en resumen un día caótico. Mi mano se estiró un poco para tocar sus hombros, mi instinto no había fallado, estaba tenso y necesitaba un tratamiento especial; en un segundo pensé en una y mil maneras de hacerlo, pero esperé a que casi terminara su trago, quería que el efecto relajante de la bebida lo invadiera por completo. Mientras tanto mis ojos no dejaban de ver la abertura de su camisa que me atraía como un imán… Moría de ganas por meter mis dedos en su pecho y sentir sus vellos acariciando mis manos. Con forme pasó el momento nos fuimos acercando poco a poco hasta que quedé completamente recostada sobre su pecho y mis manos no resistieron más la tentación, una de ellas desabotonó su camisa y mi boca dio rienda suelta a los besos que esparcí por todo el tapiz entrecano que había frente a ella. Sus manos acariciaban mi espalda, intentando colarse por debajo de mi top color fresa. En cierto momento durante nuestras pláticas cibernéticas me había confesado que le gustaban las mujeres de busto grande, y yo tengo más de lo que él necesitaba. Sabía que sus dedos querían llegar a ese punto, tocar por fin lo que el día anterior en el café le había mostrado a la distancia a través del escote de mi blusa. Mi boca se volvió loca saboreando cada centímetro de su pecho, buscando sus pezones para igualmente besarlos, chuparlos, morderlos y juguetear con ellos. Su olor me penetraba completa, y sus manos estaban llegando al lugar más erógeno de mi cuerpo. Suavemente me dijo que quería estar a mano conmigo, pasear sus dedos por mis senos y hacerme gemir con sus caricias; lo estaba logrando. Una de ellas bajó el tirante de mi top y de mi brassiere descubriendo mi seno izquierdo que prontamente colocó cerca de su rostro… La barba crecida de un día empezó a rozarme y mis gemidos no se podían controlar, había encontrado el punto más álgido de mi cuerpo; no era necesario que se lo detallara, mi reacción lo decía todo, podía imaginarse perfectamente que con las caricias de sus labios sobre mis pezones erguidos el manantial de mis piernas había empezado a fluir. Los minutos que permaneció pegado a mis senos me parecieron horas, horas de inmenso placer y sensaciones que hacía mucho tiempo no tenía y vagamente recordaba. Aunque periódicamente hago uso de mi juguete preferido, nunca ha sido lo mismo a tener las caricias masculinas. Sus labios se deleitaban y me deleitaban, besaban, mordían y chupaban mis pezones mientras el resto de mi cuerpo se movía y mis piernas se friccionaban una contra la otra buscando un orgasmo. Mi boca necesitaba algo más; estaba ansiosa de probarlo, de inundarse con su esencia y su sabor. En un momento en que se detuvo lo miré a los ojos preguntándole “¿Puedo…?” mientras mi mano ya buscaba el objeto de mi deseo entre sus piernas; también mirándome a los ojos respondió “Por supuesto.” Y comencé el descenso besando su abdomen mientras mis manos se deshacían del cinturón y pantalón. Mis labios tenían más de ocho meses sin disfrutar del bocado magro que desde la primera vez que lo probé me enloqueció, y por fin volvía a tenerlo frente a mí: este era perfecto, hecho a la medida de mis labios que no esperaron mucho para iniciar su ritual. Mi lengua empezó a recorrerlo de arriba abajo, deteniéndose en la punta donde ya empezaban a brotar gotas de miel; uno de mis dedos se dio a la tarea de esparcirla por toda el área de la cabeza para que mi boca pudiera saborearlo por completo. Mis labios empezaron a cubrirlo lentamente y el espacio cálido en el interior se empezó a llenar con él, con su virilidad erecta que conforme avanzaba hacia mi garganta me inundaba de placer. Como si adivinara mis pensamientos, sus manos jamás intervinieron, me dejó hacer y deshacer libremente; mi boca se convirtió en su guarida chupando y succionando a mi paso y a mi ritmo, probando cada centímetro, cada milímetro de piel rígida hasta llegar al fondo para regresar por el mismo camino y volver a detener su punta entre mis labios, que jugaban con ella al igual que mi lengua. Podía permanecer ahí el resto de la tarde, pero otra parte de mi cuerpo también ansiaba probarlo y sentirlo en su calidez. Levanté la vista y le sugerí que pasáramos a la recámara. Ahí, completamente desnudos, volvimos a abrazarnos y a besarnos, sus labios volvieron a posarse en mis pezones que seguían reclamando sus besos y mordidas; mientras su boca disfrutaba mi pelvis empezó a mecerse rogando por su atención. Como si los besos, las caricias y los movimientos fueran palabras entendió el llamado de mi cuerpo y por fin pude sentirlo dentro de mí. Mis gemidos no se ahogaron en mi garganta, con cada embestida mi excitación crecía llevándome al éxtasis una y otra vez. Cambiamos dos veces más de posición y mis orgasmos siguieron apareciendo hasta que tomándome por la espalda consiguió llevarme al límite de en uno de ellos. Pero él necesitaba más atención y mi boca estaba dispuesta a concedérsela. Tras remover el preservativo vertí unas gotas de lubricante con sabor a manzana y como si fuese un helado a punto de derretirse volví a chuparlo y lamerlo de principio a fin tratando de obtener la cálida miel que llevaba dentro. Le pedí que se sentara al borde de la cama y él obediente siguió mi instrucción. Ahí, hincada frente a él, tomé su miembro rígido y delicioso para colocarlo entre mis senos y que ellos me ayudaran en la misión; empecé a frotarlo con mayor velocidad viendo su rostro inundado de placer. Cada fricción, cada movimiento erizaba su piel y cuando sintió que estaba a punto de alcanzar el clímax sus manos se apoderaron de mis senos friccionando más y más rápido y fuerte para dejar caer sobre ellos el tibio néctar que tanto deseaba acariciar. Vestidos con el mínimo de ropa volvimos a la sala donde se sirvió otro whiskey, pero en esta ocasión para relajarse por lo vivido y retomar el aliento antes de marcharse.
Déborah Tourné
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