La voz del Quijote
Libro de Expertos
Para ese Quijote del fin del mundo
que robó mi corazón...
“¿Me permites...?” dijo una voz profunda, grave, varonil, que me hizo
voltear de inmediato hacia un extremo de la estancia “Si me lo permites
quisiera hacerte compañía durante las próximas dos horas...” La
invitación era tan tentadora como su voz y a partir de esa noche empecé
a disfrutar de su presencia.
Todos los
domingos y miércoles en punto de la media noche teníamos una cita
inquebrantable, donde él hablaba de todo y nada acompañado con música tan
variada que iba desde Sinatra hasta Serrat. Durante dos horas abría su
corazón y su alma dándome pie a desnudar la mía.
Su voz era
un elíxir para mi mente, podía cerrar lo ojos y verlo ahí, frente a mi,
leyendo pasajes del Quijote o filosofando sobre los altibajos de la vida...
El Quijote, así se definía él, como un hombre en pos de la justicia, de la
verdad pero sobre todo en una constante marcha para alcanzar sus sueños; y
a partir de aquella madrugada de jueves él empezó a formar parte de los
míos.
En la
segunda o tercera cita me pidió llevarlo a la luna con la melodía de
Sinatra como fondo, sin saber que era él quien me transportaba a un
universo alterno del que no podía regresar aún después de nuestras
despedidas. Al cierre de su transmisión yo continuaba escuchando su voz y
recordando sus frases como si sólo fueran dirigidas a mí. Su discurso era
tan personal que cualquier radioescucha podía pensar o creer que sus
palabras iban dirigidas sólo a él, tal y como yo lo sentía.
Para la
segunda o tercera semana de escucharlo religiosamente, yo quería
convertirme en su Dulcinea, y mi mente fantaseaba con sus palabras, con su
voz, con su figura pegada a la mía llamándome Aldonza mientras mis labios
recorrían su piel apiñonada, depositando un beso por cada suspiro que sus
manos me arrancaban.
Mis sueños
y fantasías sobre pasaron el horario nocturno cuando decidí grabar sus
transmisiones para poderlo escuchar en cualquier momento del día; para
despertarme con su voz haciéndole creer a mi cuerpo que eran sus manos las
que despertaban mis instintos y mi pasión, que las caricias que mis puntos
erógenos recibían a deshoras eran caricias de sus labios, de su piel, que
en lugar de mis dedos era su boca la que se hundía entre mis mulsos para
beber del manantial que anegaba mi labia con tan solo pensar que lo iba a
escuchar. Que las caricias que endurecían mis pezones provenían de sus
manos recias y delicadas al abrazarme por la espalda, mientras su boca
recorría mi cuello, mientras el crecimiento de su barba me ponía a temblar
de emoción, y la rigidez de su entre pierna intentaba anidar en mi
derrière.
Todos los
días, a diferentes horas, encontraba una postura distinta para saciarlo,
para disfrutarlo, para convertirme en aquella mujer del Toboso que sólo
vivía para complacer a su caballero andante.
Conforme
pasaban los días mi inquieta personalidad empezó a resurgir, a renacer
gracias a sus palabras, hasta el punto de hacerme presente a través de una
llamada telefónica. En un principio pensé que como la mía, recibía más de
20 diarias, pero la calidez de sus palabras nuevamente me hizo sentir
única y la conversación fuera del aire se hizo más personal. Así como él
pedía permiso para entrar a mi casa dos horas cada tres días, yo le pedí
una hora... una hora nada más para mostrarle todo lo que me hacía sentir.
En un
principio se resistió, pero en sus propias palabras “había algo distinto
en mi que también lo hacía volar...” Tal y como su voz me había hechizado,
la mía también lo atrapó y accedió a salir del anonimato para visitar mi
casa una noche después de la transmisión.
El
contacto visual fue aún más fuerte que el auditivo, sus ojos con una gran
transparencia desnudaron mi cuerpo dejando mi alma vulnerable al tacto.
Con él podía hablar de todo sin tenerle miedo a nada, podía perderme en
sus brazos sabiendo que los mismos me traerían de regreso al camino de la
realidad.
Nos
sentamos en un sillón, ambos presos de un nerviosismo adolescente que
intentábamos ocultar detrás de un par de sonrisas tan cálidas como el
contacto de nuestras manos. Me preguntó cuál era mi fantasía con él, y
respondí “Esta... tenerte frente a mí, mirarte a los ojos, descubrir el
fuego que hay detrás de tu voz.” Eso bastó para que su mano se posara en
mi mejilla atrayéndome a él. Sus labios eran carnosos, suaves, tiernos,
deliciosos, sus besos igual de apasionados que sus ideas y sus manos tan
firmes como sus creencias.
Los besos
cruzaron el límite de mis labios para iniciar el recorrido por mi cuello y
hombros; sus manos todavía discretas no pasaban de mis brazos, mientras
las mías empezaban a explorar su espalda intentando llegar más allá de la
frontera marcada por su cinturón. Con la misma delicadeza de su
presentación radial me hizo recostarme en el sillón para quedar sobre mi
cuerpo y recorrerlo a besos, descubriendo cada centímetro de mi piel con
una nueva caricia labial.
Cerré mis
ojos y mis oídos creyeron escuchar aquel nombre que durante varias noches,
días y medio-días me hizo llegar al clímax imaginando que era su voz quien
lo pronunciaba... ¡Aldonza! ¡Chiquilla preciosa! ¡Me encantas...!
Todo mi
cuerpo reaccionó al sentirlo dentro de mí, al tener su aliento sobre mi
rostro y mis manos deslizándose por su pecho; yo era el molino de viento
sobre el cual su lanza arremetía en una guerra de pasión y deseo a la que
ninguno de los dos quería ponerle paz; era una lucha interminable y
placentera de sueños alcanzados y fantasías concretadas que iniciaba con
el fuego de nuestras miradas, una batalla campal entre el jinete y el
corcel montándonos uno al otro para sucumbir rendidos ante un éxtasis
compartido... ¡Sí, soy tu Aldonza...! ¡Sí, soy tu Quijote...! ¡Soy tuya!
¡Soy tuyo! ¡Sí! ¡Sí! ¡Siiii!
Como en
todas mis fantasías donde él era el protagonista, me acerqué a su cuerpo
para que mi rostro se acomodara en el espacio formado entre su mentón y su
pecho.
Ahí,
refugiada en su torso y protegida por el escudo que forman sus brazos,
despierto todas las mañanas creyéndome la mujer más dulce de todas...
Dulcinea.
Déborah Tourné
¿Te gustó lo que
leíste...?Ayúdame a crear más historias y a mantener este sitio vivo, contándome
lo que te inspiró.