Dulce como la Miel
Libro de Expertos
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Es martes por la noche, una antes de mi cumpleaños y llego a
casa después de trabajar horas extras, por lo que es más tarde de lo acostumbrado. Todo el departamento está
en penumbra, ninguna luz encendida e intento prender una lámpara pero no hay luz... Tal vez por la
lluvia. Ha estado lloviendo todo el día. Camino hacia la recámara y veo un
leve reflejo proveniente de la habitación, continúo intentando adivinar
qué es.
La puerta está casi cerrada, la empujo lentamente para descubrir la
cama cubierta con pétalos de rosa y tres velas alumbrando el cuarto. No puedo
creer lo que veo. Es justo como aquel día en el hotel. La puerta del baño se
abre y tú estás ahí, de pie mirando mi sorpresa. Caminas hacia mí con los
brazos abiertos diciéndome “Feliz Cumpleaños, preciosa”, y me besas. Intento
caminar hacia la cama para recostarme sobre los pétalos, pero no me lo permites
“No... Primero quiero bañarte” y me llevas hasta el baño donde la espuma
se desborda de la tina. Lentamente me desvistes y haces que me coloque dentro
del agua. Entonces tomas una esponja y frotas mi cuerpo desde el cuello hasta
los pies suave, sensual y tiernamente. La esponja acaricia mi cuerpo como si
fueran tus dedos, me tocas y bañas como si fuera un delicado bebé que requiere
de toda ayuda. Yo, mientras, dejo que me consientas en esta ocasión pues sé
que lo haces para complacerme. Sólo por esta ocasión porque éste es el único
día que me pertenece.
Después de casi media hora me sacas en
tus brazos de la tina y untas mi piel con una esencia en aceite. Es sándalo,
puedo reconocer ese aroma que me fascina, en cualquier momento.
Después, estando yo completamente desnuda, me tomas nuevamente entre tus brazos
para colocarme justo al centro de la cama, boca abajo. Te sientas sobre mis
caderas y empiezas a dar masaje a mi espalda, puedo mirar a través del espejo
de la cabecera que untas tus manos con una especie de jarabe antes de empezar
con tu labor. Siento que está pegajosa pero me gusta. Cubres toda mi espalda,
nalgas y piernas con ella, para después hacerme rodar sobre la cama y que los
pétalos se peguen a mi piel.
No entiendo qué es lo que intentas hacer, pero me gusta, y como siempre
te dejo que juegues con mi cuerpo a tu antojo. Una vez que nuestras miradas están
una frente a la otra, te sientas desnudo sobre mi vulva, sonríes y derramas un
delgado hilo de miel sobre mis pezones. El olor llega hasta mi nariz, antes de
que pueda decir nada empiezas a lamerla de mis pezones, al tiempo que los
muerdes delicadamente. No puedo evitar gemir y mover mi cadera tratando de
sentir tu fuerte mástil sobre mis carnosos labios inferiores.
Una vez que has bebido toda la miel de mis senos, te sientas sobre tus
rodillas pidiéndome que me siente sobre tus muslos, mirándonos cara a cara.
Nuevamente tomas la miel y la vuelves a derramar sobre mis pezones, pero esta
vez la mano que tienes libre la expande sobre mis senos, para finalmente
salpicarlos con los pétalos cubriendo mi piel. Con un delicado movimiento
penetras mi humedad, con sólo un movimiento estás dentro de mí provocándome
un leve gemido para empezar a balancearnos hacia arriba y abajo mientras
acaricias mi tersa piel llena de pétalos y borracha por las diferentes
esencias.
Mi pasión aumenta con tu ritmo y empiezo a besar tu rostro, sin que mis
labios dejen un solo espacio, mis manos se pierden entre tu cabello, y mis ojos
cerrados me ayudan a sentir cada una de las sensaciones que me producen tus
caricias, pero sobre todo para poder disfrutar de esta nueva sensación para mi
piel. De esta manera empezamos a acelerar el ritmo, cubiertos de rosas y miel
haciendo el amor a lo largo de la noche, y haciendo de este día el mejor de mis
cumpleaños.
Déborah Tourné
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