CALOR Y FRIO
Libro de Expertos...
|
Es cerca del medio día, estoy en mi habitación de hotel. La vista es maravillosa, desde la terraza puedo ver la inmensidad del Océano Pacífico. El sol acaricia mi piel mientras estoy tirada en uno de los camastros leyendo un libro de cuentos eróticos. Junto a mí una mesa, con una bebida tropical, cigarros, encendedor y cenicero; y a unos cuantos pasos una tina de jacuzzi. Alguien llama a la puerta, sin moverme alzo la voz para responder “¿Quién es?”, y una voz masculina imita la intensidad de mi voz “Room Service”. Al fin, después de casi media hora de espera llegan con mi comida “Pase, está abierto, déjelo sobre la mesa de la habitación.” Pero escucho que la puerta de la habitación se cierra mucho antes de lo esperado, además el mesero jamás se acercó para que yo firmara la nota. -Si no te gusta mi compañía, no hay problema, me puedo regresar. –con tu respuesta tus movimientos cambian de dirección como si realmente te fueras a marchar. -¡No! –me miras, sonríes, te sientas a mi lado y lo único que puedo hacer es besarte. Tus pies se encuentran con mi libro, y después de ver el título del mismo me miras con una sonrisa pícara en tu rostro. -Cuentos Eróticos, mmm... Eso quiere decir que tienes algo en mente. No puedo evitar el sonrojarme. Sin decir más te levantas y caminas hacia la habitación. -¿A dónde vas? -A cambiarme. Hace mucho calor, como para seguir vestido de traje. –tu respuesta llega hasta mí sin que me mires, sin que al menos detengas tu camino. -Confía en mí. No te voy a lastimar, te lo prometo. -Tranquilizate, sólo es agua. -Pero está fría. -Necesitas un poco de agua para refrescar tu cuerpo... Me imagino que llevas horas aquí sin meterte al agua. –y las gotas siguen cayendo sobre mi piel hasta que las yemas de tus dedos las esparcen sobre mis hombros. -Nena, ¿me puedes hacer un favor? -¿Cuál? -¿Te puedes bajar el traje de baño hasta la cintura? -No, nadie nos va a ver. Confía en mí. –lo pienso durante unos segundos hasta que me decido. Lentamente escurro los tirantes por mis brazos hasta dejar mis senos libres mientras percibo el sonido de los hielos estrellándose en el vaso y moviéndose en el agua. -Sí. –respondo en medio de un largo y profundo suspiro. No sólo mis pezones se han hinchado por el placer, mis senos también empiezan a endurecerse con tus caricias, y entre mis muslos puedo sentir la humedad que esto provoca en mi interior, sabes cómo excitarme, cómo tocarme, cómo hacer que mis puntos más vulnerables empiecen a mandar descargas de adrenalina al resto de mi cuerpo. Ahora el frío está justo sobre mis pezones, pero es una mezcla de frío y calor... Mmmm... Son tus labios... es tu lengua, es tu boca que sostiene un hielo mientras los besas y los chupas. Ahora me siento como el taxista, viendo en mi mente lo que tú estás haciendo con mi cuerpo, intentando ver como en una película tu imagen, tu cabeza reclinada sobre mi pecho y tu boca prendida a uno de mis senos, mordisqueando mi pezón, sintiendo su firmeza con tus labios y dándole más rectitud cada vez que tu lengua pasea el hielo sobe él, mientras tus manos terminan por jalar el resto de mi traje de baño para quedar completamente desnuda sobre el camastro. Mi respiración se vuelve discorde con la tuya, y mis muslos se tensan aún más, apretándose uno contra el otro, temerosos de algo, miedosos de que alguien quiera separarlos. Pero tus manos colocan nuevamente aquella tela helada sobre el resto de mi piel. Ahora el recorrido inicia sobre mi vientre, y baja lentamente hasta llegar a mi vulva. Tus manos, suaves, sin nada que las separe de mi dermis acarician mis piernas, las relajan, las dibujan, las hacen separarse y permitir que el túnel se abra. Ayudándote con la tela, tus dedos juegan sobre mi vello, apenas lo tocas, apenas siento un pequeño roce de aquella tela en mi pubis, pero siento una de tus manos debajo de uno de mis muslos indicándome que flexione mi pierna para que tú puedas actuar. Mis manos ya se relajaron, ya no se aferran al hierro de la silla, ahora tocan mi vientre, palpan mis costados e intentan encontrarte. Un suspiro me indica dónde te encuentras... Esa sensación de frío y calor que sentí sobre mis pezones ahora lo siento entre mis piernas, a punto de internarse en el punto más húmedo de mi cuerpo, pero no es tu lengua... No es suave ni delgada como ella, no es tersa y delicada como tus labios, es algo más, algo frío que se pasea de arriba abajo sobre mi clítoris y la abertura de mi vagina... Es algo más áspero pero al mismo tiempo sin cuerpo, sin rigidez, sin fuerza... pero que me provoca espasmos y hace que mi cadera suba y baje a su ritmo, mientras que mis gemidos se acoplan al ritmo de mi respiración. Nuevamente intento imaginarte, adivinar tus expresiones y la forma en que me estás mirando mientras me incitas, ¿cómo está tu boca? ¿qué es lo que tus ojos están mirando, mi rostro, mi cuerpo, o la tarea que tus manos están realizando con ese objeto que me hace gemir más en cada roce? ¡Ah! Esta vez lograste que me arqueara por completo, con ese chorro de agua helada que corre desde mi vulva hasta el inicio de mis nalgas has hecho que mi cadera se levante hasta el punto más alto, para después sentir tu lengua recogiendo no sólo lo que queda del agua, sino probando también la miel que escurre desde adentro de mi cuerpo... Sí, esta vez si es tu boca la que está besando mis labios, la que está acariciando mi entrepierna, la que está excitándome y marcando el ritmo que deben llevar mis caderas. Todo mi cuerpo está lleno de sensaciones, nuevas y viejas. Cada poro de mi piel está a la espera de tus caricias mientras mi mente intenta colocarte en medio de mis piernas, adivinar cómo estás sentado, que postura tiene tu cuerpo mientras tu rostro está hundido en la puerta de mis entrañas. Ni siquiera sé si me estás mirando, si tus manos están sobre la silla o acariciando tu cuerpo, si estás solo o si alguien más nos está mirando.... Pero prefiero no pensar en ello, sólo quiero disfrutar de tu juego y de estas nuevas sensaciones con las que estás llenando mi deseo. Me siento perdida en este sentimiento completamente erótico, como si fuese un sueño, tan vívido que empiezo a acariciar mis pezones, mientras tú sigues bebiendo de mí. -¿Qué sucede? –te pregunto cuando siento que has dejado de tocarme. Tus labios ya no están sobre mi vagina. -Nada... Me gusta ver cómo lo haces... Me encanta ver cómo te acaricias, cómo mueves tus dedos alrededor de tus pezones para que se pongan duros. –Ahora agradezco que me hayas tapado los ojos. Me siento tan ruborizada que me alegra no poderte mirar a los ojos, y mi vergüenza me hace detenerme. -No, no te detengas, por favor. En serio me encanta ver cómo lo haces. Nadie mejor que tú sabes lo que te gusta, y lo que te gusta sentir. –y nuevamente te obedezco. Empiezo a frotarlos lenta y sutilmente sobre la punta, haciendo círculos sobre ellos, dejando que sólo la punta de mis yemas los acaricien, que ninguna otra parte de mis dedos los toque, sólo esa, y sólo por encima, sin ejercer presión, sin pellizcarlos, sin apretarlos. Al mismo tiempo que siento cómo van creciendo y cómo se van endureciendo, algo rígido se cuela por mi vagina... Son tus dedos, dos de ellos adentro y otro roza mi clítoris. Nuevamente mi cadera empieza a balancearse, y tu boca inicia un recorrido de besos desde mi vulva hasta mi pecho. Estoy al borde del éxtasis, pero algo se interrumpe. Tus dedos ya no están dentro de mí, ahora siento tus brazos bajo mi cuerpo y de golpe me levantas del camastro. Si en un principio me sentía insegura, ahora lo estoy más, por lo que me abrazo a tu cuello, no veo a dónde vamos, me siento tan desprotegida, desnuda y balanceándome en el aire sin tener un punto fijo del cual sostenerme, más que tu cuello. Tras unos cuantos pasos siento cómo vamos bajando y por fin el agua toca todo mi cuerpo... Estamos en la tina. Ahora que me siento segura intento destapar mis ojos, pero no me lo permites. Sólo me guías para que me siente sobre tus piernas. Mis muslos rozan tu cadera... Hasta este momento me doy cuenta que tú también estás desnudo. No sé en qué momento lo hiciste, o si desde el principio te apareciste detrás de mí sin una sola prenda sobre tu cuerpo, pero también puedo sentir la rigidez de tu pene entre mis manos, porque las has colocado sobre él, y me lo entregas pidiéndome que lo haga. -Pero... No veo. -Déjate llevar por tus instintos, por favor... Hazlo, hazlo debajo del agua. -No... Todavía no... –y empiezas a mecerte dentro de mí lentamente, debajo del agua. Tus labios reparten besos sobre las partes descubiertas de mi rostro, y tus manos trepan y resbalan por mi espalda y mis nalgas, presionándome hacia tu cuerpo, mientras las mías se afianzan a la orilla de la tina para sostenerme, para impulsarme, para mantenerme erguida mientras me estás penetrando. Tus manos ahora sólo dirigen mi cadera, no sólo hacia delante y hacia atrás, sino en círculos, y de un lado a otro, cada vez más rápido. Puedo sentirte completamente dentro de mí, puedo sentir cómo mi pelvis ya no requiere de su guía inicial para continuar con el movimiento, puedo sentir tus manos sobre mi cabello, jalando mi cabeza para atrás y liberándome por fin de mi ceguera. Intento abrir los ojos pero aún así no veo, tengo que cerrarlos nuevamente para abrirlos poco a poco, pues la luz me cega nuevamente... Así cómo el sol se oculta dentro del mar, igual tú vuelves a ocultar la parte más sensible de toda tu fisonomía, en la parte más húmeda de mi anatomía.
Deborah Tourne
|