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ENTREGA INMEDIATA

Libro de expertos....  

 

 

          Es casi medio día y en el monitor tu computadora aparece una pantalla anunciando que tienes un nuevo mensaje en la bandeja de entrada de tu correo electrónico, sin embargo tu sorpresa se vuelve mayor cuando descubres de quién es el mensaje.

  “Quiero verte, por favor revisa tu casillero. Besos, yo.”

           Con una sonrisa aún pendiendo de tus labios, bajas rápidamente los tres niveles que te llevan a los casilleros para encontrar una segunda nota:

  “Tengo preparado tu almuerzo, está en la cafetería cruzando la calle.”

         Ansioso cruzas la calle, no te importa esperar a que el semáforo cambie de rojo a verde, no en este momento, lo único que deseas es llegar al sitio indicado pensando que se encontrarán. Tomas asiento en la barra, miras el reloj y observas minuciosamente a todos los comensales, tus ojos no ven la imagen que tu mente esperaba, a cambio una mesera se aparece frente a ti con un empaque de comida para llevar. Sólo te sonríe y pícaramente te dice “Provecho”. Abres la caja y encuentras una tercera nota acompañada por la llave de un hotel:

  “Tu almuerzo está listo, mi amor. Por favor ven antes de que se enfríe”.

           El hotel no está muy retirado, son un par de cuadras de distancia, por lo que no te toma ni diez minutos el cruzar la puerta del lobby y dirigirte a los elevadores ansioso por bajar en el piso número 5. Eres el único sujeto dentro del elevador que viste de traje, sin portafolios y que no está acompañado. Así como tú miras de reojo a las dos parejas que te acompañan en este interminable viaje, ellos te miran a ti, preguntándose qué haces en ese sitio solo. Por fin las puertas se abren y llegas al piso señalado. Miras la llave para corroborar el número de la habitación y caminas hasta el fondo del pasillo del lado izquierdo. Por el tamaño de la puerta y la ubicación descubres que se trata de una suite.

           Entras y observas el lugar, hay una pequeña sala separada de la recámara donde no hay otra cosa más que un carrito de servicio con un plato cubierto por una tapa de aluminio. Tu curiosidad te lleva a destapar la vianda encontrando una rosa roja sobre el plato. No entiendes, no comprendes qué está sucediendo hasta que escuchas el inicio de una melodía. Es una música sensual, provocativa, emulando los gemidos de una mujer en pleno éxtasis mientras una voz masculina dice sensualmente Black Emmanuel. El sonido proviene de la recámara, así que te dejas guiar por tu oído para descubrir que estás caminando dentro de un sendero flanqueado por veladoras blancas mientras la cama está cubierta de pétalos de rosa. Entonces por fin escuchas una voz conocida, que sale del baño vestida con un negligé blanco:

           -¿Te gusta?

No puedes pronunciar palabra, así que ella camina despacio hacia a ti y empieza a desnudarte. Tus prendas caen una a una sobre el piso y lentamente ambos se recuestan en la cama. Ella empieza a acariciar tu espalda, sabe que estás cansado, que ha sido una mañana muy pesada para ti, por lo que mezcla las caricias con un masaje sensual, acompañado de besos delicados y leves mordiscos. Tu cuerpo se empieza a relajar sin embargo tu ansiedad no permite que sientas cada una de sus caricias, quisieras tomarla de una vez y apoderarte de su cuerpo para continuar con esta aventura.

 

         Entonces das vuelta sobre tu espalda y tus manos empiezan a desatar lentamente el negligé. Quieres desnudarla lentamente, contemplar poco a poco la desnudez de su cuerpo frente al tuyo y gozarlo parte por parte.

         -Me encantan tus senos.

         -Y a mí me encanta como los tocas y los acaricias.

 

Mientras te mira a los ojos se inclina sobre ti para que tu lengua pueda tocarlos. Sabe lo que viene a continuación, tus labios oprimirán sus pezones ya erguidos por tus caricias, y tus dientes empiezan a jugar con ellos delicadamente, haciéndola gemir.

         A pesar de tus primeros deseos, tus manos ya la han desnudado por completo, y una de ellas se escurre por debajo de sus nalgas para tocar la humedad que guarda el centro de sus muslos. Quieres sentir cómo se moja, quieres sentir cómo tus besos sobre sus senos y tus manos sobre su cuerpo le provocan esa fuga continua de miel que tu boca se muere por probar una vez más. Pero ella se adelanta a tus pensamientos... Ella sabe lo que deseas y cómo lo deseas, conoce cada uno de tus gustos, de tus deseos, de tus fantasías, de tus sueños.

         Sin dejar que te muevas, sus rodillas flanquean tu rostro y lentamente baja su pelvis sobre tu boca para que puedas beber de su fuente, para que tus labios se sacien con su humedad, para que tu lengua recorra el cubil donde anida en cada encuentro, para que tu nariz juegue con su sexo y la haga verterse sobre ti.

         Tu lengua recorre la cavidad de sus labios con la punta, como un niño que lame los extremos de un cono de helado antes de probar el centro. Te gusta su sabor, su tersura, su color, su olor natural que invade tu rostro. Poco a poco tu lengua se va sumergiendo, se va adentrando en la calidez de su sexo, se va perdiendo en la cuenca de su deseo que a cada contacto produce más del delicioso y seductor néctar que te está embriagando.

         Tu boca se pierde con sus labios y tu lengua inicia un movimiento circular sobre ese pequeño y ya erguido punto que la hace no sólo suspirar, sino gemir, gritar, pedirte más cambiando por completo el ritmo de su respiración. Tú también la conoces, sabes que ese nuevo quejido significa que está lista para ti, que quiere sentirte dentro, que necesita que tu virilidad se funda dentro de su feminidad, y tus manos han iniciado un nuevo camino, están provocando un nuevo placer al tocar el centro oculto de sus nalgas. Su voz se entrecorta, su respiración se agita y sus gemidos se confunden con los de la música que sigue sonando.

Tú también estás listo, quieres sentir su humedad y su calor envolviéndote, exprimiéndote, desapareciendo dentro de ella y sintiendo la fricción de su vagina a lo largo y ancho de tu pene. El simple pensamiento te hace actuar y te deslizas debajo de ella para tomarla por la cadera y entrar en su sexo.

           Sabes que es así como ella disfruta más, tomándola por la espalda, meciéndola sobre tu cadera y estrellando sus nalgas sobre tu pelvis. Sus gemidos te lo dicen, te lo gritan, te lo dictan. Una de tus manos sigue frotando su vulva y otra pellizca sus pezones llevándola al éxtasis. Su placer no puede ser mayor, igual que el tuyo cuando ella se levanta y se sienta sobre tus piernas, aún dándote la espalda y meciéndose al ritmo que le estás marcando. Tus manos ahora pueden llenarse con sus senos, sentir la rugosidad y la firmeza de sus dos pezones, pueden sentir cómo sus senos se hinchan y se endurecen al sentirte dentro, al cojerla, al penetrarla, al follarla, al acariciar su cuello con tu lengua, al morder sus oídos mientras ella sigue trotando sobre tu verga, mientras ella sigue apretándola, devorándola entre sus piernas, hinchándola en su interior para exprimirla por completo casi al mismo tiempo que ella también la cubre con su miel.

          Como es su costumbre, a pesar de que ambos han vaciado su interior, no te permite salir, toma tus brazos para que rodees su cuerpo y hace que se recuesten en la cama, llevándote dentro de ella, gozando con esa sensación que da el intento de sacar tu pene y volverlo a meter a pesar de que ha perdido rigidez. Tu estás sobre su espalda, oliendo y acariciando su cabello, mientras ella disfruta de tu olor, del calor que tu cuerpo sigue despidiendo sobre su piel.

          Una vez que ambos han recuperado el aliento, con un movimiento delicado y sutil dejas de estar en ella, quieres mirarla a los ojos, quieres ver su sonrisa, el halo de felicidad que has dejado en su rostro después de este momento. Ella te mira sonriente, y sus dedos se pasean por el contorno de tu rostro:

         -Es el mejor almuerzo que he tenido.

         -Y te prometo que la cena será aún mucho mejor.

 

Déborah Tourné  

 

 

 

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